Un día como otro cualquiera, realizando una tarea tan prosaica como la de barrer el suelo, agarrada al palo de la escoba me asaltó la certeza de que yo debería ser más alta. No se trataba del deseo de serlo, si no de una extraña sensación de que en algún momento el suelo estuvo más alejado de mis ojos de lo que lo estaba en ese instante. Por supuesto que eso era absurdo. ¿Pero y si se tratara de un déjà vu de una vida anterior?. Nah, nah, nah... Ya estás desvariando... Pero como me gusta ver hacia dónde me llevan los desvaríos, voy a dejarme arrastrar...
Si partimos de la base de que tenemos alma, y que ésta es la energía que nos mueve mientras vivimos, no resultaría tan absurdo creer que al morir, esta energía se desprende del cuerpo inerte. Según la Ley de la conservación de la energía, conocida por todos aunque no sepamos cómo se llama, la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Por lo tanto si el alma es energía que fluye por nuestro cuerpo mientras vivimos, y que al morir se libera, ya que no puede ser destruida, se transforma. ¿Pero en qué se transforma? ¿En energía calorífica...? ¿En energía cinética...? ¿Y si a base de ir transformándose una y otra vez, de vez en cuando vuelve a alentar a otro ser? ¿Una mosca tal vez? ¿O un perro? Y si el alma es energía que ha tomado conciencia de sí misma, ¿no sería posible que tuviera la capacidad de almacenar recuerdos?
Quien sabe... Tal vez algunos de esos locos que creen ser Napoleón o Enrique VIII en realidad no estén tan locos después de todo...
(Nota mental: Y ahora alguien pensará que tal vez la loca soy yo...)
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